Sí era el Paraíso. Cap. IV - 4

Cap. IV: "Jornada a la obscuridad".

Un largo y tortuoso camino a casa


Página 4
Ingreso: 20/08/25


EL DÉCIMO PRIMER MANDAMIENTO: EL AMOR


¡Amaos los unos a los otros de la misma forma que yo os he amado!, dice el principio de su doctrina. ¡Dios es amor!, se lee en las paredes de los templos e inicios de oración. 

¡Tanto amó Cristo, que dio la vida por nosotros!, nos recuerda cada vez la homilía tratando de abrirnos a la reflexión. ¿Pero realmente amamos como él, sin distinciones de ninguna índole? ¿Cómo queda el anhelo suyo cuando excluimos, intoleramos y hasta agredimos a aquellos estratos de esa obra de Dios que según nuestro criterio, no califican para ser considerados hermanos? El solo dolor de aquel que sufre la apoteosis de la injusticia, sin mirar a quién, debería despertar nuestra solidaridad y alzar el volumen de nuestras voces, sin embargo, antes preferimos encender la luz y poner en alguna frecuencia inexistente en el espectro, el sonido de nuestras almas.


¿Escrito está en algún legado suyo alguna astringencia, alguna exclusión que oponga un "aunque", un "pero" o un "siempre y cuando", a ese acápite tallado por la cadencia y acentuación de una voz que no dudó en hacernos ver hasta dónde era capaz de llegar para demostrar su gran amor por la humanidad?


El prejuicio, aquella primera muestra de debilidad en la estructura que habría de ser sostén de la mancomunidad y la avenencia como ecosistemas básicos para el desarrollo saludable de la hermandad, es la señal de alarma que atrae al ser despreciable. Es la invitación que le abre las puertas de nuestras almas de par en par para, desde dentro, a través de los emisarios y emisarias del mal ya infiltradas aun en los propios centros de culto -no para resistir a las tentaciones como lo hizo Cristo, sino para promoverlas-; elucubrando a sus anchas las estrategias de distorsión y alejamiento de ese mandato primigenio de solidaridad, acogimiento y amparo al débil y vulnerable. 


Basta aquel botón prematuramente marchito entre las infinidades del jardín de la desilusión, para graficar esta realidad desgarradora: la cruel tortura de la inocente niña, violada y embarazada por un condenado, a quién en medio del gran regocijo del mal, le añadimos la espina mayor a su sufrimiento, truncándole la vida al obligarla a ser madre cuando aún no ha terminado de aprender a ser hija. Pero en el colmo de la crueldad que en definitiva habrá de llevar al clímax del regocijo al ser vil -presente en ciertos estratos poblacionales de fe, en los que las ranuras del tiempo parecen haber colapsado y devueltos a un instintivismo primitivo-, a formar "familia" con su victimario para saldar la ofensa cometida. 


Ni el propio demonio hubiese amagado tamaña capacidad de ensaño y tortura a un ser humano todavía en posesión de su alma, gracias exclusivamente a haberle abierto las puertas de la interpretación de la fe -llamada a ser íntima y deliberativa-, a una casta política vetusta y execrable, acorde a los tiempos de involución que vive la humanidad -la única especie en la Tierra capaz de cometer genocidio sin que nada inspire a condenar a un amplio sector de la población mundial-: en posesión perniciosa de un arma letal que su afinidad por la ignorancia y su activismo en las filas de la maledicencia, lo convierte en ese dedo gatillador por excelencia en plena diseminación, de ese germen de la devastación humana convertido en culto paralelo: la falsedad, una vez domesticada.


Contrario a esa imagen de un Dios severo y castigador,  una vez más, que juega bien con esa corriente exclusionista que crea monstruos esperpénticos como los propulsores de las guerras y exterminios, y danzan en nombre suyo sobre los cadáveres producto de sus orgías de sangre, mientras sus verdaderos mentores asientan con su silencio y omisión: entiéndase como la gran evidencia de su amor, habernos otorgado la razón. Solo un buen padre sería capaz de dotarnos de una capacidad de elegir ser buenos y desde nuestra propia trinchera, dominados por esa inclinación natural para hacer el bien, hacer activismo porque esa bondad no se extinga, y con ello, el deseo más profundo de aquel que vino en nombre del padre, cumplido.


REVENIR


Pero le fallamos, hay que reconocerlo. Y viendo los nítidos senderos a los que se enrumba esa humanidad que tanta esperanza había inspirado como acabado final a esa creación suya, cual los anillos de un reloj cuántico en rotación exacta, aun así, lleno de tristeza se preguntó Dios sí valía la pena que así terminaran los días de esa su principal y mejor equipada inserción en la Tierra, atrapada de pies y manos a las fauces de la herrumbre, el prejuicio y la superstición, todos ingredientes perfectos para la involución.


El solo ver tantos rostros tatuados por el verde, pero no el de la esperanza y la vida en ebullición cual era la intención de su creación, sino el de la enfermedad, la inanición y el feriado perpetuo de sus ansias de existir: le hizo preguntarse si valía la pena que por unos cuantos enajenados y su capacidad de envilecimiento sea condenada la humanidad entera.


¿Sabrían realmente de él aquellos que con sus actos diera la impresión que lo detestaran, cuando hacen escarnio de su nombre ofendiendo su inteligencia, cada vez que lo tildan de ciego, sordo e iracundo?, ¿Y lo que es más lesivo aún, pretendiendo ver sometido su culto a los zumbadores enjambres de aguijones ponzoñosos, de panales empantanados y distopías alzadas sobre glorias antañezcas inexistentes?


El amor, se dijo para sí, solo un acto genuino de un amor que desbordara los límites de la cordura y desafiara las leyes de lo consuetudinario, y en particular, el fruto suyo, haría el paso ineludible y testificador, primero, de este improvisado experimento suyo que tenía en mente -más cercano a lo humano que a lo divino propiamente dicho-, en definitiva, algo no consignado en escritura alguna.


Y miró Dios a todos lados buscando entre sus horticultores de almas, destinados anónimos aun de su propia misión en diversos lugares del mundo, para hacer persistente culto de esa palabra entendida como el fundamento de aquel amor entre unos y otros dejado como tarea y legado por su hijo hecho humano, que en suma proscribía esa facilidad para blandir espadas y generar falsos equilibrios basados en la imposición, el sometimiento y el uso del poder mal entendido. 


Buscaba hacer énfasis en aquello en el que, si bien todos eran partícipes activos cada vez que intuitivamente se hallaban entre las multitudes y decidían hacer de un sentimiento mutuo una sola unidad; lo que quería subrayar era que, en aras de aquella empatía como sinónimo y principio a la vez, de esa necesidad de concordia en el que no solo el entorno íntimo de una pareja intentara perennizar esa sensación de felicidad, sino más allá suyo, el derredor, la intemperie, al ser todos seres de una misma creación. 


Uno cuya labor diera significación a un mensaje suyo, pero a la vez diera también por sentada, su confianza en esa creación suya como señal de un nuevo inicio que tenía en mente hacer entrega. 


Y pensando en los destinos a los que eran conducidos la humanidad y el propio hogar que los albergaba, al extremo de trocar su usual tono verde azulado por la palidez  de la desesperanza, decidió él mismo darse una oportunidad.


Y ahí estaba para regocijo suyo, cercano de cumplir ya su tercera treintena en tiempo holístico, aquel hombre puesto en auscultación, intacto y vigente, cumpliendo a cabalidad el encargo por el que había sido injertado extra cenobita en la piedra matriz, mientras que aquella substancia tóxica de la acechanza, la inquina y la maquinación antihumana contra la que luchaba, se hacinaba en las resbaladizas orillas de sus propias oquedades y obsolescencias. 


BIOGÉNESIS


“¿Que pasa si a la flor infecunda le agregamos un gameto de fertilidad? _ se dijo _, seguirá siendo flor atractiva para los ejércitos de polinizadores que sin saber ni haberlo premeditado, son los eternos perpetuadores de la vida. ¿Pero y si sólo un tipo específico de polen fuera capaz de lograr esta fertilización, en aras, no solo de perpetuar la especie, sino de crear un centelleo capaz de revolver los colores, aromas e intentar cambiar la percepción y perspectiva del jardín florido? ¿Existirá el agente con el olfato adecuado y la capacidad de salvar distancias de vuelo para llegar a tiempo? Esa metáfora sembrada en el imaginario del propio Dios, fue el devenir en un tiempo de espera en el cual, acorde a esa autonomía tantas veces mentada, decidió por una vez, ser espectador de una obra cuyo argumento se forjara de entre las propias entrañas de la humanidad.


Bajo esa perspectiva, él no podía inventar una pareja en la tierra y la llegada de ese nuevo ser en quién confiar su esperanza de reconversión y redireccionamiento humanos, pero sobre todo, de recuperación de su credo de aquellas manos corroídas por la enfermedad y la distrofia, antes debía ser anonadada por los acordes de un amor insólito.


La planta florida, las condiciones ambientales, si bien alteradas por la mano humana, todavía adecuadas para la vida; la temperatura, el ciclo de fertilización y fecundación intactos. Todo estaba tendido en el devenir de ese automatismo de los ciclos de vida, los años, las estaciones; la asiduidad de la multiplicidad del factor polinizador, y tal como era esperado, sin lograr efectividad en su paso desenfadado de succión y recolección de néctares y polen.


Hasta que un buen día, siguiendo con el relato metafórico de su expectación y búsqueda, notó a un hermoso colibrí rondar las cercanías de un rosal sin atreverse a unirse al ejército de polinizadores que iban y venían atraídos por la penetrante fragancia de sus flores, hasta entonces nada anormal. Lo inusual era no solo ver a una de estas aves permanecer más tiempo de lo esperado posada, esta vez en las cercanías, sino volverla a ver una y otra vez repetir la acción aun en estaciones ausentes de floración. 


Era la señal faltante en el tablero de la casualidad convertida en causalidad. Un hito disruptor apenas perceptible en el enmarañado incalculable de la existencia. Lo instintivo cobrando lozanía en lo intuitivo; lo imaginado o esperado, hallando un punto de encuentro entre la distancia y la cercanía, y todo en plena y libre autonomía de las dotaciones y atribuciones humanas, cuando apenas eran utilizadas debidamente sin atribuciones o intenciones subsidiarias...


Por: Rodrigo Rodrigo


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