Sí era el Paraíso. Cap. IV - 7

 Sí era el Paraíso

Capítulo IV: "Jornada a la obscuridad"

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Ingreso: 19/01/26

VISTE EL ALMA


La gente va y viene en las calles,

lucen sus más llamativos trajes, 

algo hermoso, indescriptible, 

los invita a celebrar; 

una sensación 

que en silencio 

llama a la 

espera.

Es el amor que vuelve, dicen unos. 

Es el nuevo advenimiento señalan

otros. Pero es más que eso;

es la fusión de ambos, que

conjugan en lo inenarrable; 

Solo esperen, confíen, 

es el alma que 

presiente,


¿Se han preguntado alguien, cómo 

amará aquel que inventó el amor? 

¿Algo de la que la humanidad 

ya fue testigo una vez?

¿Y por qué Él quiere que 

aun lo inconjugable 

sea testigo una

vez más?


¿Ha imaginado alguien qué

vestir o que portar en un

tiempo histórico sin 

precedentes?

¿Sin lecturas a las cuales acudir,

ni sermones, ni evocaciones, 

o algún registro oral 

al cual referir?


Hace bien aquel que quiera lucir 

la mas vistosa de sus envolturas, 

es una señal de reverencia,

de adhesión, pero no 

olvidemos vestir 

para la ocasión, 

también el

corazón;

pero sobre todo, si acaso el escepticismo 

asoma, dar sinceridad a los ojos, y 

una oportunidad a la mirada de ser 

conducto y ser explorador a la 

vez. Una rendija consentida, 

por donde dejar salir 

a husmear el 

alma.


TITILO DE LUZ


Nacida en un parpadeo entre las

luces del cielo que ya alistaban 

la bienvenida, y la expectativa 

de tantos ojos ansiosos; 

su nombre se mimetiza

entre los cánticos 

y oraciones

improvisas;

Y como si presintiera, con esa timidez 

muy suya, y esa opción por el 

anonimato, por el silencio; 

en medio de un cielo que 

si bien intentaba, muy 

clásico, unirse al festejo 

de corazones 

rojos; 

Una escena macabra sin embargo, 

presagiada, escrita, que tiñe de 

nubarrones el horizonte, y 

algún diablejo de inocencias 

infantes robadas evoca, 

nos recuerda: No 

estamos para 

festejos.


STRYGE


Ya con su nuevo juguete en manos,

jugando a ser el amo del mundo, 

y poder rasgar la poca 

humanidad que le 

sobrevive; ya con 

el candor y la 

inocencia 

que el 

amor 

protege 

y da cobijo, 

en custodia

suya: duele el 

punto tierno adonde el 

verdugo asesta el dolor y

el ascua, mientras sueña el

esperpento con destruir el mundo.


Su sentida ausencia a su propia fiesta 

de bienvenida, es ese poderoso 

mensaje de reflexión y 

conciencia, de sublevación 

y firmeza, que irrita a 

un mal que ya dejó 

su acechanza, 

y actúa; 

A una maldad y a su procaz paso ligero, 

que como una sombra itinerante 

oronda disemina sus orlas negras, 

entre ritos y alaridos de fe 

impostada, de mentores 

y trainers, y sus cada 

vez más asiduos 

prosélitos 


La fragilidad del mundo ha sido

expuesta. Una razón que Dios 

creyó suficiente para la re-

consideración a prueba 

de todo, excepto del 

desquiciamiento, de la

mala intención, y la

traición de una élite 

creyente, que 

cada vez más, 

deserta; 

Nada extraordinario, en aquella 

primera ocurrencia de prueba; 

de siembra del caos, una 

ruta de perversión ya 

definida que toma

cuerpo, camino a la

destrucción, la

rapiña, y antes 

que la piel, 

carcome la 

conciencia.


LA BÁKULA


Nada fuera de lo común, mucho

menos el arma con qué hacerle 

frente. Una conciencia si bien

desapercibida, dejada de 

lado por obsoleta y cual 

si fuese extraída de 

un estado de coma 

inducido, como 

una espina, 

es llamada 

a salir;

Desde todos los escondrijos 

posibles; desde todas las

lúgubres honduras a las 

que la antaña mentira, y

la no menos decrépita 

inquina, la hayan

recluido, llenas de

amargura y con la

rabia haciendo

de hombro

y paño.

Malhadadas las mazmorras del odio, 

que antes que a la piel y el habla, 

amordazan el alma, y muy 

propias de esa ruptura que la 

indiferencia comede, entre 

quimeras de confort, y 

acaso, malentendidos 

de rencor, duelen 

hondo mientras 

cavan y más 

cavan. 


Pero bendito sea el dolor, si acaso

es sentido, señal de que 

ha despertado aquel 

que dormía. 

Sea bendito su grito. Es el mensaje. 

El primero llegado desde las 

periferies del anhelo, la 

intriga y la espera.


Es el despertar que el nuevo 

acaecer desata y nos

advierte, que los tiempos 

no están, ni estarán, 

para las dudas ni los

parpadeos, en 

este desafío a 

la razón. 

En él, el sentido de supervivencia 

habrá de alzarse por sobre 

toda diferencia, incluido el

del longevo y ferviente

tradicionalismo, el 

sano, el deferente; o 

todo habrá sido 

en vano.


CREER O SENTIR


¿Es casualidad este advenir? ¿Este 

aflorar a las puertas del llanto? 

¿De una Tierra Santa que oye 

en vivo el lamento? ¿Que siente

el dolor y calla el silencio, 

en los gélidos tiempos 

de la sensibilidad 

algorítmica?

¿Parece normal este calvario, de 

decenas de miles de esos hijos 

que un día, acaso hubiesen 

sido sentados en el regazo 

del hijo del padre, y hoy

son crucificados y

desangrados en 

nombre suyo? 


Hijos como tú. Padres como tú. 

Madres que deben recuperar 

en pedazos los restos de 

sus seres amados, en 

un suelo patrio 

pulverizado

por el

odio, 

para que 

desde esos 

escombros de 

muerte, destrucción 

y saña, pueda el demonio 

enloquecido, alzarse sobre ríos de

sangre surcando los subsuelos 

de la codicia, emporio

desalmado del regocijo 

Remansos de paz, 

holguras sobre el 

lamento. 


UNA BRISA EN EL 

GÔLGOTA


Es el llanto de los que si algo sienten 

intensamente, es su aislamiento 

a los ojos del otrora hermano. 

Es el dolor de la autocensura 

espontánea de los que 

pudiendo interceder sus 

buenos oficios, y menguar 

el ímpetu orgiástico 

de la bestia, se 

inhiben y 

otorgan;

Es ese abandono, que si fuese 

advertido, despertado de ese 

sueño inducido, y cual si 

fueran avistados de pronto 

los inexistentes, sumados 

fueran al paisaje; al 

clan de los creados 

en un mundo,

fragmentado, 

disperso,

dúctil:

Acaso atrajésemos entonces, atañida, 

la mirada ensombrecida del padre, 

y al hacerlo, al quitarle algunos 

gramos de peso a los 

maderos que laceran 

los hombros de su 

bien amado 

hijo; 

o menos intenso el dolor de los 

clavos que laceran las manos, 

de aquel que sin mirar por 

quién, fuese inmolado; 

Y acaso en un último 

y voluntarioso 

esfuerzo sobre-

humano; 

le ayudásemos a levantar esa 

mirada decaída por la pena, 

más que por el dolor; 

por ese desinterés

que hiere, más 

que por la 

partida; 

y con una leve sonrisa antes del 

exhalo final, nos asintiese 

también la anuencia del padre:

un suspiro de alivio en 

medio de la desazón; 

un claro de sol en 

medio de la 

tempestad..

 

Y amaine de pronto ese dolor supremo; 

y una oración presencial resuene 

a las puertas del sufrimiento 

que sacuda los témpanos de 

la indolencia; aquella que 

lacera más que esa 

lanza, que antes 

hiriera a los ojos 

que al costado, 

de aquel que 

hiciera, 

de la decepción, su manto de 

peregrinaje y desolación; del 

dolor experimentado en su 

propio centro de irradiación, 

su ropaje del día a día; 

pero sobre todo del amor 

inconmensurable, 

una tesuda 

perseverancia 

traducida en 

oración. 


Gloria a los que parten en nombre 

suyo. A quienes en vida intentaron 

vadear el oleaje anómalo que 

nos arrastra hacia aguas 

desbordadas, tempestuosas, 

y aun así no lograron ser 

derribados. Es la

conciencia, es

la fe y su 

osamenta

recia.


Odas a los que quedan, y con los 

pies bien asentados en el fondo 

arenoso, porfían y siguen 

aquella leve huella dejada 

marcada entre las 

aguas, hacia ese 

primer estribo de 

calma desde  

donde retomar 

un segundo 

aire.

 

Felices aquellos que avanzan de 

trecho en trecho, es su misión 

recuperar la ruta del extravío, 

pero sobretodo, ponerla 

en el sendero del amor 

sin condiciones; 

ellos son el hijo 

encarnado, 

lejos ya del alcance de los 

enemigos suyos; pues aquel 

que es enemigo del amor, 

lo es también del padre 

y del hijo, y de todo 

bien que él desea 

para sus 

hijos. 


Y porque probado está, que el mal 

jamas descansa, pues cuanto 

más parece haber sido 

adoctrinado y devuelto 

al redil, arrepentido, 

sometido, es 

cuando 

de el

más 

hemos 

de desconfiar, 

de su imagen 

dócil que tanto se 

empeña en manifestar; 

Es apenas un relámpago de 

luz en la eterna tormenta de

su corroída alma; un espejismo 

en medio de la escombrosa 

aridez de su corazón, 

carcomido por la

asechanza, 

la efímera 

ansia de 

poder.

Es 

esa 

entrega

total al

extramuros 

del alma, la de 

la sujeción infinita,

la que nunca libera, a la

sola espera de un momento 

de indecisión, de descuido, 

de ese porfío que da el 

bien, y de su siempre 

bien intencionada 

confianza y anhelo 

de reconversión

del ser humano.

El consciente.


Y porque escrito está, el mal nunca 

será digno de confianza, pues 

elucubrar es su oración de

almohadas; conspirar su

tema de recogimiento; 

y traicionar su eterna 

promesa sincera: 

retomar el terreno 

cedido será 

su sueño 

perdido,  

que 

la 

presencia 

de algún 

halo de luz

instigue, en sus 

eternas luchas por 

extender su alfombra 

de obscuridad y perversión, 

sobre los aposentos de paz y

oración, trincheras favoritas

desde donde resembrar 

el descarrío, el odio, 

si acaso ese claro 

de luz hubiese 

logrado filtrarse 

en el espíritu 

humano 


El mal es paciente en su espera 

cuando de retomar la cima se

trata. Y cuando el clima sea 

propicio y haya un vacío 

dejado, en verdad 

luminoso, y 

fructuoso, que

nadie lo 

dude, 

moverá 

cielo y tierra 

en su intento de 

mimetizarse también 

entre los claros de luz 

dejados por aquellos espíritus 

llamados ya, a recorrer otros caminos; 

si bien acechados por los mismos

señuelos dispuestos como 

sombras lúgubres a lo 

largo de la ruta, 

bastará 

una mirada a la huella dejada, en 

esa otra eterna boga del bien 

por pervivir, para 

reencontrar, no 

la huella, 

la ruta, 


Es esa incansable búsqueda del 

bien de volver al camino, en el 

cual no quede una sola de 

sus criaturas sin ser 

asistida, e incluída 

en la comitiva; 

es la ruta

insólita,

en la que no hay huella que calce 

los pies del eterno peregrino, en 

su incansable esfuerzo por 

agitar aguas, amainar 

vientos y relumbrar 

copiosos aguaceros, 

que es cuando 

más visibles 

se hacen sus 

pasos, 

siempre rondando aquellos lados 

penumbrosos a los que nos 

rehusamos mirar; aquellas 

laderas lastimeras a las 

que nos negamos a 

asomar; y todo 

aquello dejado 

atrás que nos 

negamos 

recapitular. 


En este tramo de la caleidoscópica
mirada, la esperanza será ese 

ligero claro de luz que se niega a 

ser devorado por las nubes

penumbrosas que se

arremolinan previa 

a la gran 

tormenta. 

Si bien al cuerpo le baste ser puesto 

a buen recaudo y los ojos situados

tras los cristales; tarde o 

temprano el espíritu habrá de 

dar el primer paso, en ese 

llamado a la resistencia 

que ponga a prueba

la voluntad.


Por: Rodrigo Rodrigo

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